“El mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad.”
Albert Einstein.
(Escrito en el cuaderno de clase. 27 de julio de 2010, Toronto)
¿Qué ha pasado con Toronto Calling? ¿Ya lo ha abandonado el petardo de Alberto?
Siento deciros que no, que todavía vais a tener que aguantarme un poco más. Durante estas dos semanas me han pasado muchas cosas. Algunas malas y otras realmente buenas. Pero quedarse con lo negativo, a estas alturas de la película, no merece la pena. Además, no haría justicia. No sería justo con las personas a las que estoy conociendo, los lugares que estoy visitando y el inglés que estoy aprendiendo.
El domingo de hace dos semanas visite Kensington Market, una especie de mercado de Fuencarral canadiense. Moda retro, música en directo y moderneces varias en un barrio que, a diferencia de la famosa calle madrileña, no ha sidoinvadida por las tiendas de todas las multinacionales imaginables. Por la tarde fui con Guido a Panorama. Sí, al mismo restaurante donde no me dejaron entrar días atras. Supongo que el hecho de no ir vestido como un guiri ayudó. La situación de este rascacielos resulta muy curiosa. Ubicado en el cruce de las calles Bay y Bloor, cada una de sus terrazas devuelve al visitante una vista muy diferente. Al norte rascacielos, avenidas comerciales y el lago con su isla al fondo. Al sur una inmensa extensión verde en la que cuesta distinguir las urbanizaciones donde viven la mayoría de los ciudadanos de esta ciudad. Una cara oculta de Toronto para muchos de sus turistas.

Kensington Market. Fotografía de Openended.

Yo en la terraza norte de “Panorama”. Fotografía tomada por Guido.
El martes, por equivocación, me apunté a la visita que la escuela organizó a la CN Tower. 22 euros para poder responder con autoridad a la pregunta “¿Qué se ve desde el edificio más alto de Toronto? No os voy a dar la respuesta, que luego venís y no tiene gracia. Propablemente no lo sepais, pero la estrada sólo permite subir al primero de los “anillos” de la torre, algo así como el campamento base. Si quieres visitar la zona más alta, debes pagar diez dólares más. Pero merece la pena subir para sentirse el tío más idiota rey de la ciudad y poder ver los edificios aun más pequeños.

Con unos cuantos amigos en la CN Tower.
El miércoles fue día de museo, en concreto el Royal Art Museum. Fuimos esa tarde porque de 16:30 a 17:30 la entrada es gratuita, así que nos reunimos allí todos los guiris, señoras mayores, turistas de la ciudad. Teniendo en cuenta la cantidad y variedad de cosas que guarda el museo entre sus muro, he calculado que yendo todas las semanas de un mes se puede ver decentemente. Sino, tendreis conversaciones del tipo:
-¡Mira ese León disecado!
-¡Y qué bonitos los monumentos egipcios!
-Tengo sed.
-¡Corre que quiero ver los dinosaurios!
-Tengo sed.

Foto de Michael Lee-Chin Crystal del Royal Ontario Museum.
Después habíamos quedado con el resto para ir a cenar porque era la última noche de Eli. Elegimos un restaurante indio de Queens Street donde nos hinchamos a comer por caturce dólares el menú.
Pagamos y salimos a buscar algún lugar para tomar unas copas, con la dificultad añadida de que con un menor (Kai) no nos iban a dejar entrar en ningún pub. Así que fuimos a una cervecería donde acabamos jugando a una especie de “Yo nunca” coreano que propuso Nary.
De vuelta a la residencia me di cuenta de que había perdido la tarjeta (cuatro años sin perderla en Madrid y la pierdo aquí en un mes) Así que tuve que comprar una nueva a la una de la madrugada. Por cierto, me cobraron diez dólares. Un saludo.
El sábado por la mañana me levanté especialmente pronto para preparar el viaje a las catarátas del Niágara, ese sitio “al que hay que ir” si vienes a Toronto. Cargado con mi kit de guiri más algo de comida, salí hacia la escuela sobre las 9:10 de la mañana. Allí nos esperaba el típico autobús escolar americano: amarillo y con una forma peculiar. Que ilusos éramos entonces, nos alegramos. No sabíamos todavía que esos vehículos del demonio:
1. Llevan asientos minúsculos.
2. No tienen aire acondicionado.
3. Se fabricaron antes del descubrimiento de la suspensión, por lo que cada bache es un movimiento de ruleta rusa, una posibilidad más de estamparte contra el techo.
Vamos, que el viaje una delicia con atasco incluido. No entiendo a estos canadienses, me recuerdan a la típica frase de niño “déjame jugar a tu play, que tu la tienes todos los días” Las malditas cataratas muertas de risa todo el año y se lanzan a la carretera justo el sábado que íbamos nosotros. Seguro que en febrero no van porque tienen partido de hockey (vivan los tópicos).
De las cataratas sólo os puedo decir que son increibles, espectaculares, inimaginables, enormes… Decidimos montarnos en el barco que te acerca a ellas y, no sólo te acerca, si le dejan se mete debajo. Salimos empapados, yo pensé que perdía 16 dólares de la entrada y la cámara, pero mereció enormemente la pena. Fotos de la cataratas y video de mi amigo Óliver:
Catarata estadounidense a la izquierda, canadiense a la derecha.


Catarata estadounidense:

Sí, hasta aquí entra el barco:




Algo que no sabía es que hay dos cascadas. Una pertenece a EE.UU. (la más pequeña) y la otra a Canadá. Pero ambos países coinciden en algo, han explotado este atractivo turístico hasta la saciedad. La zona que rodea al río Niágara está plagada de casinos, hoteles, atracciones turísticas de feria… Es como estar en las Vegas pero en pequeño. En esa complicada linea que separa lo lujoso de lo hortera, lo exclusivo de lo casposo, lo espectacular de lo cutre. Os dejo unas fotos:






De regreso a Toronto, el autobús se detuvo en un enorme outlet de marcas. Me sentí bastante guiri estafado, porque todo estaba organizado de antemano. Las monitoras de la academia hasta repartieron bonos de descuento antes de bajar a las tiendas. Podría contaros que para mostrar mi desacuerdo con esa decisión premeditadamente capitalista me quedé en el autobús cantando la Internacional, pero os mentiría. Que baratos son los Levis aquí. Living Canadá…
Como el miércoles no pude asistir a la visita guiada del Air Canada Center, pero me enteré de que la última empezaba a las 15:00, fui allí según salí de clase, sin perder un minuto (bueno, pasé por la residencia para recoger mi kit de güiri. Para quien todavía no lo sepa: agua, guía de la ciudad, cámara y minidiccionario).
Con la prisas, al final hasta me sobró tiempo. Llegué sobre las 14:40. Pregunté dónde vendían los tickets, me dijeron que en la tienda de deportes que está frente al estadio y allí fui. La entrada me costó 8.60$, bastante barata, teniendo en cuenta que este es un país donde dos litros de leche te salen por 5$.
Me dijeron que esperase, que en diez minutos empezaba, así que me quedé merodeando entre los estantes. Al poco tiempo se me acerca un hombre con pinta de empollón, me dice no se que del “tour”. Le pregunto que cuándo va a comenzar la visita guiada. “Now and here”. Me quedé helado, estaba sólo con el guía. Durante la próxima hora, el trabajo de ese hombre iba a ser desentrañar los secretos del Air Canada Center a un español monolingüe.
Así que nos dimos la mano, me dijo que se llamaba Collin (como mi diccionario) y entramos al estadio. Durante toda la hora que duró la explicación, mi amigo (London) Calling se mostró muy amable conmigo y demostró su pasión por la empresa a la que representa. Me enseñó la pista, los vestuarios, la zona de prensa los reservados (el alquiler de uno de estos alcanza el millón de dólares por temporada) y me explicó cómo convierten la pista de hielo en cancha de baloncesto y esta, en zona de conciertos. Pero también hablamos del Real Madrid, de mi equipo de hockey de Aranda y de las partidas de Play Station. En fin, que además de estar en uno de los templos del deporte canadiense, gané una clase de conversación inglesa. Y un gatorade. Mientras recorríamos los pasillos de la planta inferior, un hombre, que se presentó como el (pon aquí el nombre que quieras porque no lo entendí: manager, entrenador, utillero, jugador mejor pagado, dueño, rookie del año) de los Toronto Raptors, nos invitó a mí y a mi guía a una botella de esta bebida isotónica.
Todo suena demasiado bonito y os preguntareis ¿dónde está el “fail”? Mi visita iba a ser perfecta, así que quise maquillarla de realismo y mediocridad olvidándome la tarjeta de memoria de la cámara en el ordenador:

Resultado, las fotos de uno de los lugares que más ilusión me hacían ver en Toronto las tuve que hacer con el móvil.
La exposición terminó donde había empezado, en la tienda de deportes. Con la entrada me hacían un diez por ciento de descuento y pensé “están listos si creen que me van a engañar con un esto”. Y en efecto, estuvieron listos, espabilados, despiertos, agiles y habilidosos ofreciéndome ese descuento. Me compré la camiseta de Luke Schenn, un santo de los Toronto Maple Leafs que basa su juego en meter ostias como panes pases certeros a sus rivales compañeros. Os dejo un video que resume su estilo:
Por si no ha quedado claro:
Para terminar el día, me fui con la cámara a sacar unas fotos de la zona universitaria y el Legislative Assembly of Ontario (algo así como el parlamento de Ontario) Cesped, edificios históricos y ardillas. Definitivamente, la Complutense es la universidad más fea del mundo. Os dejo algunas imágenes:






Un saludo a tod@s.